
A cuarenta años del restablecimiento de la democracia en nuestro país, vemos como determinados sectores de la oposición política neoliberal, pretenden instalar un mensaje contrario a los principios democráticos del pueblo argentino. Cuestionando seriamente los valores que nuestra sociedad adquirió enfrentándose a las distintas dictaduras militares, hasta lograr consolidar el régimen democrático en nuestro país, como la única alternativa válida para el ejercicio del poder político.
Los recientes acontecimientos que buscan reivindicar lo actuado por la última dictadura cívico militar, pretenden instalar la falsa idea de combates heroicos por parte de militares que usurparon el poder político del Estado.
Que quede claro, las dictaduras no tienen héroes, ni en la Argentina, ni en ninguna parte del mundo. Son dictadores que someten al pueblo en contra de los designios de su voluntad y que en nuestro país cometieron un sinfín de crímenes atroces que forman parte de la memoria colectiva de la sociedad argentina a la que Nunca Más quiere volver.
Pretenden volver a la luz la “teoría de los dos demonios” reinterpretando los hechos históricos con total subjetividad, como si todavía pudieran quedar dudas de las trágicas consecuencias que trajo aparejada la última dictadura a nivel social, cultural, político y económico para nuestra Patria.
Aún hay quienes osan reivindicar ese oscuro pasado cuando desde un Estado terrorista se disponía la vida o la muerte de miles de jóvenes, obreros, estudiantes, militantes, dirigentes gremiales, considerados “enemigos políticos” del régimen a quienes había que eliminar físicamente.
En 1976 fueron los militares genocidas y vendepatrias los que generaron terror en la población y aniquilaron a una generación entera sin juicio previo, para instaurar un modelo económico neoliberal, donde la valorización financiera fuera el pan de todos los días y la industria nacional, la ofrenda sacrificial en el altar de los intereses del capitalismo trasnacional.
Sin dudas, el propósito que persigue la extrema derecha con estas maniobras, es por todos conocido, instalar la trasnochada idea de que la violencia política ejercida desde un Estado terrorista y represor, enmascarada como orden social, es la solución eficaz para sentar las bases de un país donde su riqueza quede en manos extranjeras y de unos pocos privilegiados locales, en desmedro del conjunto de la sociedad.
Todavía resuena en nuestra memoria el destino trágico de aquellas y aquellos adolescentes secuestrados el 16 de septiembre de 1976 en la “noche de los lápices”, en su mayoría pertenecientes a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de orientación Peronista quienes, luego de sufrir la aplicación de tormentos en distintos centros clandestinos de detención, fueron cruelmente asesinados y desaparecidos.
Detrás de ese Estado terrorista que añoran las bestias de hoy, estaba la fiesta de la “libertad de mercado” que implementó a sangre y fuego la junta militar a partir del 24 de marzo de 1976 y destruyó la matriz productiva y redujo la participación en el ingreso de los trabajadores del 51%, durante el gobierno de Isabel Perón, a un magro 31%, con su correlato de desocupación y pobreza.
El plan de la dictadura en contra del pueblo significó la liberación de controles de precios, la desregulación total de las importaciones, la supresión de la intervención estatal en la economía, el endeudamiento del Estado y la suspensión de las negociaciones paritarias, hecho que produjo en corto tiempo, una fuerte caída del poder adquisitivo del salario. Todas políticas fracasadas que hoy nos vuelven a presentar como las salvadoras de la patria.
El plan de la dictadura significó la liberación de controles de precios, la desregulación total de las importaciones, la supresión de la intervención estatal en la economía, el endeudamiento del Estado y la suspensión de las negociaciones paritarias.
A un nuevo escenario de similares características pretende conducirnos la extrema derecha antipatria. Los grupos de tareas de antaño, hoy se conforman con defensores de genocidas, medios de comunicación cómplices y un poder judicial “colonizado”, que preparan, todos juntos, el caldo de cultivo propicio para poner nuevamente de rodillas al país y al pueblo trabajador. Pero aunque pretendan destruir al pueblo peronista, deben saber que la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, son parte de la identidad de la sociedad argentina y siempre serán las armas más letales con las que el pueblo enfrentará a sus verdugos.