En el marco de un nuevo aniversario del día del trabajador, el peronismo se debe un debate de cara al futuro, en cuanto sujeto político central del campo nacional y popular, que tiene al trabajo como factor estratégico del desarrollo social.
El trabajo como organizador social fundamental, viene sufriendo un ataque sistemático por parte del laboratorio de experimento libertario que tiene como brazo ejecutor a Javier Milei. Bajo la sofisticada y rebuscada reformulación de teoría añejas, el gobierno nacional ejecuta un plan de ajuste clásico y ortodoxo, que sólo le otorga al trabajo la categoría de ser un costo más en la cadena de valor y que debe ser reducido en la mayor medida posible.
Bajo esta concepción, nos lograron imponer una reforma laboral brutalmente regresiva, que concreta el anhelo de la oligarquía argentina de volver a transformar al trabajador en un sujeto individual, fragmentado del cuerpo social, e incapaz de mirar a su alrededor y articular un sentimiento de solidaridad con quienes comparte la necesidad de tener que vender su tiempo de trabajo, como única forma de subsistencia. En este punto, debemos entender que Milei, es la materialización de un proyecto global de transformación social en general, y del trabajo en particular, que emerge al calor de la revolución tecnológica y comunicacional que se inicia a finales del siglo pasado.
Las consecuencias de este modelo las sufre el conjunto del pueblo trabajador argentino. El industricidio ya se hace sentir y es inocultable, cientos de trabajadores van quedando excluidos del sistema y pasan a conformar un ejército de desempleados, que, en la mayoría de las veces, no son reflejados en las cifras oficiales porque se sumergen en la sobreexplotación del “trabajo en aplicación” que nos ofrecen las nuevas tecnologías. Un esquema que viene a profundizar aún más el individualismo, la retracción de las interacciones sociales y la lucha por la supervivencia de seres que, sin darse cuenta, dejan de ser sujetos políticos, para transformarse en seres aislados, retraídos y que sólo valen lo que su condición de consumo determine. Lo más triste de esta situación, es que el formateo cultural fue tan grande, que las personas creen tomar la decisión de trabajar para una aplicación de manera “racional y personal”, debido a que imaginan, ingenuamente, que están informados simplemente por estar al día con los “virales” de las redes sociales.
El correlato que tienen estas transformaciones en la salud mental de la población es dramático. Los casos de depresión, ansiedad y conflictos intrafamiliares crecen exponencialmente y hasta en episodios extremos, llegan a materializarse en violencia y suicidio, que lamentablemente, tienen un especial incremento en los más jóvenes.
Frente a esta situación, el peronismo tiene una responsabilidad histórica e ineludible. No debe caer en el reduccionismo de creer que debe “aggiornarse” a los nuevos tiempos. Por el contrario, se debe establecer un programa de acción que recupere los principios de la comunidad organizada, donde el trabajo vuelva a ser el factor principal de ordenamiento de la sociedad y donde se planifique la manera de enfrentar el reemplazo generalizado de mano de obra que la inteligencia artificial materializará en el corto plazo.
La organización social ascendente tiene que volver a transformarse en la columna vertebral del movimiento peronista, para combatir de manera eficiente el individualismo que fomentan las grandes corporaciones globales. Las causas populares tienen que ser las únicas que guíen al peronismo como conductor del campo nacional y popular y que nos hagan recuperar la representatividad necesaria para lograr las transformaciones que soñamos y compartimos todos los que queremos una patria justa, libre y soberana, con un pueblo feliz.




