
Un día como hoy de 1952, a las 20:25 horas, la Jefa Espiritual de la Nación, daba su último suspiro para convertirse en ese símbolo de lucha social, que sigue palpitando en el corazón del Pueblo argentino.
Evita se disponía a trascender dando paso a la inmortalidad de la manera que solo algunas elegidas en la historia de la humanidad pudieron lograrlo. Una extensa y penosa enfermedad había lacerado su cuerpo, pero no su inquebrantable voluntad de acompañar a Perón y a sus descamisados en la lucha constante por la justicia social.
El 1 de mayo de 1952, había pronunciado su último discurso desde el balcón de la Casa Rosada. Francamente deteriorada por el padecimiento físico que la tenía a mal traer, con voz desencajada, pero, plenamente consciente de los peligros que atravesaba el gobierno, dijo:
“Yo le pido a Dios que no permita a esos insectos levantar la mano contra Perón, porque ¡guay de ese día! Ese día, mi general, yo saldré con el pueblo trabajador, yo saldré con las mujeres del pueblo, yo saldré con los descamisados de la patria, para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista. Porque nosotros no nos vamos a dejar aplastar jamás por la bota oligárquica y traidora de los vendepatrias que han explotado a la clase trabajadora, porque nosotros no nos vamos a dejar explotar jamás por los que, vendidos por cuatro monedas, sirven a sus amos de las metrópolis extranjeras entregan al pueblo de su patria con la misma tranquilidad con que han vendido el país y sus conciencias…El enemigo acecha, pero nosotros somos el pueblo y yo sé que estando el pueblo alerta somos invencibles porque somos la patria misma”
Había dejado todo en el camino, entregando en cuerpo y su alma a la causa de sus descamisados y sin pedir nada a cambio. Dueña de un carácter indomable, soportó estoicamente el odio y las calumnias de quienes veían en Evita a una rival peligrosa que desafiaba sus mezquinos intereses.
“Viva el Cáncer” garabateaban los profetas del odio sobre los muros festejando una muerte anunciada, desconociendo que su amor incondicional al Pueblo se volvería implacable, a pesar de los avatares del tiempo. La maldita oligarquía no logró, siquiera, erosionar su memoria porque fue el Pueblo el que supo, inspirado en su ejemplo, honrarla y multiplicarla por millones.
Esa Evita que se ufanaba de decir “no me dejé arrancar el alma que traje de la calle. Por eso sigo pensando y sufriendo como pueblo.” Acometía sin desfallecer la causa Justicialista como un apostolado que no tenía días ni horarios, pero tampoco sabía de concesiones, ni de medias tintas. Por ello, con entera humildad, expresaba en su testamento:
“Tengo carne, alma y sangre del pueblo. No podía hacer otra cosa que entregarme a mi pueblo.”
Desde la “Fundación” ella encaraba decidida e impulsivamente acciones que dejarían pequeño al mayor hacedor de la historia.
“Donde hay una necesidad, hay un derecho”, ella no lo declamaba solamente, lo cumplía a rajatabla como mandamiento bíblico.
Creación de hospitales, policlínicos, hogares para ancianos, pensiones a ancianas y ancianos, Escuela de Enfermeras, Tren sanitario, Ciudad infantil Amanda Allen, donaciones de viviendas, barrios obreros, Hogares escuelas para la niñez desprotegida, colonias de vacaciones, programa “mil escuelas” para zonas rurales o alejadas, hogares de madres solteras, maternidades, campañas sanitarias, apoyos deportivos, subsidios para ancianos, construcciones en barrios carenciados, los Campeonatos Argentinos de Futbol infantil Evita y un sinnúmero de obras más, dan cuenta que toda ayuda al Pueblo, a ella le parecía insuficiente.
Auténtica y empoderada como ninguna, había dado una batalla sin cuartel para conseguir el voto femenino. “Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta y ha muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente”, se plantaba contestataria frente al estatus quo dominante. Alzaba su voz por aquellas hermanas olvidadas y relegadas, en aras de un mayor protagonismo que las rescatara del ostracismo que las sometía el mandato patriarcal de la época.
Se hizo primordial canalizar toda la acción de la rama femenina para que diera vida a un nuevo partido, siendo además necesario dotarlo de una organización. Por eso, el 26 de julio de 1949 nace oficialmente el Partido Peronista Femenino, bajo la dirección de Evita, quien estableció su formación, la unificación de los centros cívicos y ateneos femeninos.
Consumida al extremo por su enfermedad, ejerció su derecho al voto femenino desde su cama en el Policlínico “Presidente Perón” de Avellaneda, donde estaba internada, mientras muchas mujeres, que rezaban de rodillas en la vereda por la salud de Evita, esperaban, con ansias devotas, besar y tocar la urna que contenía su voto.
A 70 años de su desaparición física, su mensaje y su lucha, no pueden quedar en vano. Su apelación a la lealtad a Perón, al peronismo, a la causa nacional y a la justicia social, debe irrumpir en nuestro discurso político y en nuestro accionar militante, marcando claramente lo que ella definía AMIGO/ENEMIGO. Los eternos enemigos del pueblo y sus reivindicaciones (la oligarquía junto a los medios de comunicación hegemónicos), tienen intereses antinacionales y quieren impedir y derrocar un gobierno peronista. ¡Recuperemos la épica, la lucha por nuestros ideales justicialistas, la solidaridad y el amor para construir una Patria grande y un Pueblo feliz!




