
El 16 de Septiembre recordamos a los y las jóvenes víctimas de La noche de los lápices, un punto cúlmine del plan sistemático de represión que desplegó la última dictadura cívico-militar para implementar -a punta de fusil- un nuevo régimen económico neoliberal en beneficio de unos pocos ricos y poderosos y en perjuicio de todo el pueblo. Además celebramos el Día Nacional de las Juventudes, convocando a los y las jóvenes a a retomar los sueños y el espíritu de resistencia de aquella juventud gloriosa que luchó por una patria más justa.
El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 implementó un plan represivo de extensión masiva en todo el territorio nacional. Los secuestros y desapariciones se multiplicaban al compás de la creación de centros clandestinos de detención y tortura.
La militancia juvenil, blanco prioritario del plan de represión, fue la principal víctima del terrorismo de Estado. Las Fuerzas Armadas entendían a la escuela como un lugar para adoctrinar a los“nuevos ciudadanos argentinos” bajo el modelo de un orden social de disciplina y control que apunte a replicar los valores tradicionales, con la intención de perpetuar los privilegios de la clase dominante, «reorganizando» -a punta de fusil- el modelo de acumulación mediante reformas de corte neoliberal. Todo ello, en consonancia con los intereses geopolíticos de la Doctrina de la seguridad nacional promovida por EEUU en medio de la Guerra Fría; de manera que el activismo político, el debate de ideas y la movilización de una juventud, eran vistas como anomalías que debían eliminarse a cualquier costo.
Toda forma de organización popular, de masa crítica y de activismo político era un obstáculo para la consumación del plan neoliberal de desmantelar el Estado de Bienestar.
La junta militar empezó a enunciar la necesidad de “erradicar la subversión” en ámbitos como el de la educación y la cultura, dado que allí, el enemigo a combatir, denominado “subversivo” y traidor a la patria, cuestionaba los “fundamentos esenciales de la Nación”.
Mientras tanto, las marchas por el Boleto Escolar Secundario (BES), bandera del estudiantado, se replicaban en un contexto de alta conflictividad social y política. Gran cantidad de jóvenes se volcaban a las calles en La Plata y en otras ciudades, en busca de una tarifa diferencial que beneficiara a las y los estudiantes secundarios.
La represión desatada por el gobierno de facto no daba tregua, sin embargo, las movilizaciones estudiantiles cobraban cada vez más volumen. Fue así que el 16 de septiembre de 1976, en lo que se dio en llamar “la noche de los lápices”, grupos de tareas de la Provincia de Buenos Aires conducidos por el general Ramón Camps secuestraron a estudiantes.
Claudia Falcone (16 años), Francisco López Montaner (16 años) -ambos alumnos del Colegio de Bellas Artes-, María Clara Ciocchini (18 años) -ex alumna de la Escuela Normal Superior de Bahía Blanca-, Horacio Ungaro (17 años), Daniel Racero (18 años)- ambos de la Escuela Normal Nº 3- y Claudio de Acha (18 años) -alumno del Colegio Nacional de la UNLP-, quienes eran militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Días antes, la patota de Camps había llevado secuestrados a Gustavo Calotti, del Colegio Nacional (UNLP) y Víctor Triviño, alumno de la Escuela Media N°2 (“La legión”). El 17 de septiembre fueron víctimas de la represión Emilce Moler y Patricia Miranda, ambas de Bellas Artes (UNLP) y el 21 de septiembre, Pablo Díaz – otro estudiante de “La legión”.
Esta juventud gloriosa desplegaba su militancia en los centros de estudiantes, pero también solían participar activamente en tareas de alfabetización en los barrios más humildes. La junta militar se había propuesto llevar adelante una cruzada sangrienta contra la militancia del estudiantado secundario, en nombre de la defensa de los principios de la “civilización occidental y cristiana” pilares del capitalismo. En verdad, repartieron fuego y sangre para defender los intereses de ciertos sectores privilegiados que se enriquecen a costa del pueblo. El terrorismo de Estado en su máxima expresión actuaba como Santa Inquisición donde en carácter de ofrenda al dios mercado, se castigaba la herejía de aquellas voluntades juveniles que alzaban su voz contra la injusticia. De los 10 estudiantes secundarios secuestrados por miembros del Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército y de la Policía Bonaerense por aquellos días, 6 continúan desaparecidos hasta hoy:
Claudio de Acha, Maria Claudia Falcone, Maria Clara Ciocchini, Francisco Lopez Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro. En su memoria se conmemora el Día Nacional de la Juventud.
¡PRESENTES, AHORA Y SIEMPRE!
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