
¿Revolución fusiladora, cuarta invasión inglesa?
El 16 de septiembre de 1955 se produjo una sublevación de facciones de las Fuerzas Armadas, autodenominada “revolución libertadora”, que buscaba derrocar al gobierno constitucional del presidente Juan Domingo Perón. Los facciosos no dudaron en replicar acciones de violencia inusitada en distintos puntos del país con ese propósito. Los primeros movimientos sediciosos se dieron en Córdoba, en Río Santiago y en Bahía Blanca. La conspiración de los militares golpistas se había cocinado a fuego lento y venía tomando carnadura desde mediados de 1950. Los generales Pedro Eugenio Aramburu, Luis Leguizamón Martínez, Benjamín Menéndez, Eduardo Lonardi y José F. Suárez venían urdiendo planes golpistas en distintas guarniciones del Ejército. Lonardi encabezaba ese movimiento faccioso, que se había conformado inicialmente con unas pocas unidades del Ejército y la Fuerza Aérea, y prácticamente la totalidad de la Marina de Guerra. Perón dirá en su obra “Del Poder al exilio – Quienes y como me derrocaron”: “La Armada Argentina, que presume haber sido la protagonista número uno en esta “victoria”, no parece querer darse cuenta de haber jugado en cambio, el simple y absurdo rol de “caballo de Troya”. El objetivo era impedir que los recursos petrolíferos argentinos fuesen explotados de manera de concurrir al desarrollo industrial del país y la lucha era principalmente contra los Estados Unidos que, según nuestros adversarios, habían tenido la “culpa” de proporcionarnos una operación sobre bases sólidas y concretas.” Por cierto, los militares golpistas no actuaban solos, contaban con el apoyo de partidos políticos mayoritarios de la oposición y parte del clero, ámbitos desde donde se aportaban numerosos comandos civiles que actuaban juntamente con los militares golpistas. En aquella obra, Perón señala que la logia masónica Gran Oriente Argentino había seguido estrictas instrucciones de la Real y Soberana Logia de Londres, a instancias del “Hermano 33, un conocido príncipe inglés”, información que le será revelada por un masón de su confianza, donde se recomendaba que debía ser combatida y sofocada toda tendencia nacionalista, y debían formarse corrientes de opinión en el Ejército similares a las que existían en la Marina. La suerte estaba echada, y así lo expresaba Perón: “la fuerza masónica debe actuar de manera de sustraer la administración de los yacimientos del Estado; que debe ser rechazada toda participación en el desarrollo de nuestra industria y que, contra la radicación de capitales americanos, conviene facilitar la intervención de capitales europeos.” Al cabo de dos días de enfrentamientos, la escuadra de mar al mando del oscuro almirante Isaac Rojas, arriba al Pontón Escalada y lanza su ultimátum: si Perón no se avenía a renunciar, bombardearían la Capital Federal y la destilería de petróleo de La Plata. El 18 de septiembre se realiza una junta de generales donde el general Manni le hace saber a Perón el riesgo que corría en aquellas circunstancias: “Usted está en peligro. Aquí de lo que se trata es de su vida. Rojas ha hecho saber que la única solución es asesinarlo. Debe estar alerta, porque son capaces de hacerlo…” Al día siguiente, en una muestra de cobardía, el almirante Isaac Rojas ordenó el bombardeo de los tanques de combustibles de YPF que se encontraban en la destilería del Puerto de Mar del Plata y en la Escuela de Artillería de aquella ciudad, destruyéndolos por completo. Ante este escenario dantesco, las constantes amenazas de bombardeo de bienes de la Nación y luego de resistir cuatro días de cruentos combates que se llevaron la vida de 150 personas, el golpe triunfa. El presidente Perón presentó su renuncia y al concedérsele asilo, se trasladó a la cañonera “Paraguay” para comenzar un duro exilio que lo separará de la Patria por casi veinte años. El país iniciaba un ciclo histórico que devendrá en continuas dictaduras cívico-militares que mancharon con sangre peronista el suelo de la patria. Perón en su inmensa sabiduría, consideraba que debía evitarse un mayor enfrentamiento entre hermanos y dejar que las cosas se subsanen en favor del pueblo con el paso del tiempo, por eso decía: “Las revoluciones se hacen con tiempo o con sangre: si se hacen con sangre, se ahorra tiempo; si se hacen con tiempo, se ahorra sangre.” Las primeras medidas del gobierno de facto no se hicieron esperar y fueron drásticas: se disolvió el Congreso, se intervinieron los gobiernos provinciales, la CGT, la totalidad de los sindicatos y la Universidad; se disolvió el Partido Peronista, se cesantearon los integrantes de la Corte Suprema de Justicia, se constituyó una comisión nacional investigadora, se secuestró y desapareció el cadáver de Evita, se devolvieron los depósitos bancarios a la banca privada, se liberaron los precios a la vez que se congelaban los salarios, se derogó la Constitución de 1949, se sancionaba el tristemente célebre decreto ley N° 4161, que prohibía nombrar a Perón y Evita, utilizar fotos, decir “peronismo”, “peronista”, “justicialista”, “tercera posición” o cantar la marcha peronista, y como corolario a tanta ignominia, se propicia el ingreso del país al Fondo Monetario Internacional. Pasábamos de un gobierno popular que había logrado una industria pujante, pleno empleo, sin deuda externa, participación de los trabajadores en el 50% del Producto Bruto Interno, a un país endeudado, dependiente, devaluado, con un mayor índice de desempleo y un claro retroceso en los derechos sociales del pueblo, hechos que servirán para arrebatarle las posibilidades de desarrollo por décadas. En un artículo periodístico de 1957, el Gral Perón se refería a estos trágicos hechos haciendo referencia a que la mal llamada “revolución libertadora” fue la que hizo exitosa la “cuarta invasión inglesa”: “Ante la incredulidad de propios y extraños –escribía-, nacionalizamos, comprando y pagándoles, los transportes, puertos, teléfonos, silos y elevadores, frigoríficos, servicios de gas y energía, el Banco Central, creamos la Flota Mercante, que llegó a ser la cuarta del mundo, y dimos al país transportes aéreos. Industrializamos la Nación facilitando la instalación de industrias pesadas. Asimismo, fabricamos gran cantidad de maquinarias y automotores. Así logramos la independencia económica, arrojando por tercera vez al invasor británico”. En otro párrafo del texto, el Gral Perón rememoraba las causas de aquel golpe sangriento que cambió los destinos del país: “Nuestra economía justicialista les resultó desastrosa. Sirva un ejemplo: en textiles y afines importábamos de Inglaterra por un valor de 100 millones de dólares anuales. En 1954, esa cifra se redujo a medio millón anuales. Como último bastión, le quedaba nuestro mercado comprador de petróleo. Inglaterra nos vende combustible por valor de 350 millones de dólares por año. Nuestro gobierno había firmado “ad-referéndum” del Congreso de la Nación, un “contrato de locación de servicios” con la Standard Oil de California. Por éste, la compañía norteamericana se comprometía a explorar parte de nuestro subsuelo y extraer el petróleo que hubiera, el que debía ser entregado en su totalidad a YPF para su comercialización”. El cambio de la geopolítica global mostraba una Inglaterra en franca decadencia frente a la aparición, post segunda guerra mundial, de su sustituto en ascenso, los Estados Unidos. Este hecho trascendente motivó a la pérfida Albión a jugar una carta brava que sostuviera la política petrolera a su conveniencia, contando con la invalorable ayuda de la marina de guerra argentina que siempre se reflejó en ella desde la óptica más cipaya. Luego vendrán los fusilamientos, las detenciones masivas, la persecución, las torturas, la desaparición como forma de exterminio y la proscripción del movimiento peronista, que serán la antesala del horror que más adelante viviremos con los golpes de Estado cívico-militares de 1966 y 1976. La Revolución Peronista había herido ostensiblemente a la oligarquía y a la burguesía antinacionales, pero también había malogrado los intereses británicos que coaligados a aquellos sectores vieron cercana la posibilidad de vengar esa afrenta que le había propiciado el Peronismo. En nombre de la “libertad” restauraron sus privilegios de casta, pero no lograron acallarnos, ni mucho menos terminar con el Peronismo que, muy por el contrario, continuó su camino con la fuerza vivificante de su militancia que con generosidad y vocación de unidad inclaudicable, ha demostrado que la organización vence al tiempo.




