Hace 12 años trascendía a la eternidad quien, con alma fundacional, revalorizara el rol de la política como herramienta de transformación para las nuevas generaciones, el compañero Nestor Kirchner. Como animal político por excelencia, desafiaba la concepción aristotélica de la política como “arte de lo posible”, pero a la vez, pragmático y cerebral, cruzaba decididamente los límites de ese pensamiento único neoliberal que había sumergido a la Argentina en una profunda crisis social. 

Su visceral intención era conducirnos por el camino de la verdadera democracia peronista, donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo. 

Derrotando ese fatalismo manifiesto del neoliberalismo, fue protagonista excluyente del surgimiento de una nueva epifanía para el pueblo argentino que, cegado por la desesperanza, finalmente tomó conciencia de su destino de Nación.  

Su liderazgo político iniciado en 2003 había traspasado las fronteras locales para convertirse en un referente regional indiscutible e insustituible.

Cristina suele recordar que Néstor “tenía más desocupados que votos”. Por ello, su preocupación desde el primer momento fue acumular capital político para oxigenar su mandato. 

Le quitaba el sueño esa frase de Perón de que los ranchos se construyen con paja, barro y un poco de bosta, justificando así, la integración heterogénea del amplio y pendular movimiento que había creado.

Cuando entró a la Casa Rosada, el Estado, el gobierno, las empresas, las familias vivían endeudados, el club del trueque era una manera que tenían los más humildes para paliar el hambre, circulaban 16 monedas de nación y provincias. Argentina debía algo más de U$S 191.000 millones en títulos de deuda y una desocupación que rondaba el 20,8 % y un nivel de pobreza del 54%. 

Como parte de esa “generación diezmada” impulsó la anulación de las leyes de Obediencia Debida, Punto Final, que luego el Senado de la Nación convirtiera en ley el 21 de agosto de 2003. También sucedió lo mismo con los Indultos que había decretado Carlos Menem. 

Su orden de descolgar los cuadros de los genocidas Videla y Bignone del Colegio Militar fue trascendental para consolidar una política de “memoria, verdad y justicia”.

En materia económica, Kirchner estaba persuadido que debía ocuparse del “desendeudamiento” del país con privados y con organismos multilaterales de crédito, repetía cotidianamente: “Hay que desendeudarse para desintervenir la economía”. En 2005, el primer canje de deuda fue un éxito, ingresando el 76,1% de los acreedores privados y cancelando las obligaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI), en simultaneidad con el presidente brasileño Lula da Silva. 

Gran negociador, fiel al estilo de la motivación “palo y zanahoria”, entendía perfectamente su rol, sin caer en ingenuidades de creer que todo se salva con las buenas formas de protocolo, solía decir: 

“Con Roberto (Lavagna) siempre actuamos de acuerdo. Él se sentaba a conciliar y yo salía desde los barrios más humildes a radicalizar el discurso. Así son las negociaciones. Los que no se dieron cuenta no entienden nada.”  Obsesionado con la marcha de la economía, a pesar del alejamiento de Roberto Lavagna, no ahorró esfuerzos por mantener tasas de crecimiento del 9 % hasta el 2007 y a la vez, tonificar las reservas monetarias del BCRA. La política económica de superávits gemelos fueron la clave macroeconómica para generar un proceso de crecimiento económico sin precedentes, tras la debacle a que nos había llevado la convertibilidad. El resultado de esas medidas económicas no se hizo esperar, en tan solo cuatro años, los índices de la desocupación, pobreza habían ido a la baja, y sincrónicamente, aumentaban las exportaciones y la producción industrial. La ecuación de los 90 se revertía drásticamente a favor de las mayorías, y la “teoría del derrame” neoliberal, devenía en un falso paradigma. 

Otro hito de su mandato fue el cambio de la Corte Suprema de la “mayoría automática” de la época menemista. Con audacia utilizó la cadena nacional para interpelar al mandamás de la Corte, Julio Nazareno, diciéndole ante millones de televidentes que era un exponente de “un pasado que se resiste a conjugar el verbo cambiar” e instó al Congreso a que cumpliera su rol y promoviera juicio político a la “triste y célebre mayoría automática de la Corte Suprema”. 

La renuncia y destitución de aquellos ministros de la Corte, dio paso a una entrada de aire fresco en aquel estamento que luego se nutrió de jueces respetables, entre quienes incluyó a dos mujeres, las Dras. Elena Highton de Nolasco y Carmen Argibay, toda una novedad para esa época. 

A nivel regional, busco la unidad latinoamericana, acercándose a dos líderes como Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y Hugo Chavez, en Venezuela, con quienes constituyó una eficaz alianza estratégica. En 2005, en ocasión de la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, se los ve a los tres gigantes rechazando, a brazo partido, la constitución de un acuerdo de libre comercio que Estados Unidos pretendía imponer en su “patio trasero” para someter a todo el continente americano. ALCA, ALCA…ALCArajo!!! todavía recordamos esa arenga de Chávez en un estadio mundialista pletórico de multitudes que bregaban por vivir en un mundo mas justo después de la larga noche neoliberal.

Finalizado su mandato, supo mantener el liderazgo articulando periféricamente desde afuera del gobierno. Los debates por la resolución 125; ley de Medios, Matrimonio igualitario, eran muestras cabales de su convencimiento de que la gestión política debía profundizarse en materia social y económica. Néstor fue responsable, nada más y nada menos, que de poner la política por encima de la economía, el sur al norte y los intereses del pueblo por encima de todo.

Descubre más desde PJ | LA MATANZA

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo