
La histórica huelga obrero estudiantil que logró torcer el rumbo y marcar el principio del fin de la dictadura de Onganía, tenemos más presente que nunca la importancia y la necesidad de unión entre la clase obrera y el movimiento estudiantil para transformarse en el motor de resistencia frente al ajuste, el desempleo y la pérdida de derechos. A más de medio siglo de aquella gesta, la actual crisis socioeconómica reactiva la vigencia de esa alianza como una necesidad urgente para defender el futuro del trabajo, la educación pública y la soberanía de nuestra patria.
El gobierno actual aplica las mismas políticas de ajuste, destrucción del empleo y perdida del poder adquisitivo que ejecutaba aquella dictadura y fue la chipa que encendió el levantamiento popular en la Córdoba de 1969. Una dictadura que perseguía al movimiento obrero y estudiantil interviniendo sindicatos y violando sistemáticamente la autonomía universitaria. Pareciera que la historia vuelve a repetirse, cuando hoy se promueve desde el gobierno nacional, la persecución e intervención en los gremios combativos y al mismo tiempo se estrangula financieramente a las Universidades Nacionales y se las amenaza con auditorias ilegales por parte de presidencia de la Nación.
Hoy, el escenario económico plantea desafíos que guardan un paralelismo alarmante con el contexto del Cordobazo. El deterioro del poder adquisitivo, la precarización del empleo, la inflación en alimentos y el ajuste eterno que pagan a diario los más vulnerables, sumado a los recortes al presupuesto de las Universidades Nacionales, configuran un ataque simultáneo a las condiciones de vida de los trabajadores y al horizonte de ascenso social de la juventud.
El Cordobazo dejó una lección política fundamental: las demandas estudiantiles y las reivindicaciones obreras no corren por carriles separados. No existe una universidad de calidad sin un pueblo que la sostenga con su trabajo, ni hay un desarrollo industrial y laboral soberano sin profesionales formados con pensamiento crítico. La confluencia en las calles, las asambleas conjuntas y la solidaridad mutua frente a los despidos y recortes presupuestarios son las herramientas indispensables para transformar el descontento social en una alternativa política real.
Cambiar esta realidad acuciante, implica trabajar en la recomposición del tejido social y cultural perdido, volver sobre nuestra esencia peronista y reconstruir la comunidad organizada que nos enseñó el general, donde el individuo se desarrolle en post del bien común y donde, esencialmente, sea considerado como un sujeto político con la capacidad de intervenir y modificar la realidad.
Volver a fortalecer los lazos de participación en todas nuestras instituciones. Romper el individualismo y fortalecer los lazos interpersonales dentro de las escuelas y las fábricas; repotenciar la presencia en los territorios y en los barrios para demostrar que el peronismo fue, es y será la única opción política para poner un límite al ajuste, liberar a nuestra patria y configurar una alternativa superadora en base a la unión y la felicidad del pueblo argentino.





