
El estallido de un nuevo caso de corrupción en el gobierno libertario, que tuvo como protagonista al flamante ex Jefe de Gabinete Manuel Adorni, está lejos de ser un caso aislado. Su renuncia y alejamiento del gobierno, no vienen a cambiar la cuestión de fondo. La agonía de Adorni resistiendo lo inevitable, duró más de lo que podría perdurar cualquier funcionario atravesado por una reiterancia de escándalos de corrupción, lo que deja en evidencia que la decisión política de sostenerlo en el cargo, respondía a la necesidad de proteger un esquema de corrupción generalizada en toda la estructura de gobierno libertaria.
La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de gabinete, es un cambio de collar para que nada cambie y queden a salvo el resto de los implicados en el esquema de corrupción. Lo de Adorni, no es un caso aislado y su desaforado enriquecimiento atraviesa a las más altas esferas del gobierno libertario. Los numerosos casos que corrupción que vienen saliendo a la luz desde la llegada al gobierno de Javier MIlei, como Libra, los audios de Spagnolo, los sobreprecios en Andis, el 3% de Karina, el enriquecimiento de Jose Luis Espert con plata del narcotráfico, los créditos vip del Banco Nación para funcionario libertarios, ARSAT y ahora el caso Adorni, demuestran que en el gobierno nacional todo vale para convertirse en nuevos ricos, bajo el amparo de un sistema judicial que solo se escandaliza por los casos de corrupción en gobiernos populares y no actúa frente a los escándalos de funcionarios macristas o mileistas que defienden los intereses del poder económico concentrado.
La aplicación de una doble vara judicial frente a la corrupción y la política en su conjunto, es sin duda el principal problema que atraviesa la República Argentina y daña sistemáticamente la institucionalidad y la confianza en el orden jurídico. El caso Adorni dejó en evidencia la obscenidad de la ostentación de una riqueza de origen ilícito, que solo se puede explicar bajo la impunidad que brinda a los funcionarios libertarios, un sistema judicial viciado e imparcial, donde se prioriza el alineamiento político por sobre el sentimiento de justicia.
Ingenuo sería creer que la salida de Adorni y la llegada de Santalli viene a aportar transparencia a la gestión libertaria. Solo basta recordar los cuestionamientos al nivel de vida de Diego Santilli y la incongruencia con sus ingresos, que se había revelado durante el gobierno macrista a partir de la red de espionaje ilegal montada por el servicio de inteligencia. En los audios que se habían dado a conocer en aquel entonces, los agentes de la AFI describían al nivel de vida de Santilli como de “estilo narco” ya que había gastado más de un millón de dólares en un año sin usar tarjeta de crédito, sumado a viajes al exterior y un préstamo por un millón de dólares que recibió de un contratista del gobierno porteño. Como siempre, la justicia no investigó estos hechos y hoy Santilli se entrona como jefe de Gabinete de un gobierno que dice levantar la bandera de la lucha contra la corrupción, como un equipo de ladrones que logra desviar la atención para que nadie se dé cuenta de su verdadera condición.
Mientras tanto, el esquema de ajuste bestial, el industricidio y la reprimarización de la economía argentina avanzan a paso firme, dejando a diario miles de nuevos excluidos y empresas que cierran sus puertas y dejan atrás el sueño de un país productivo que logre cobijar a la totalidad de los habitantes de la patria.
“La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional”, Juan D. Perón en las 20 Verdades Peronistas.




